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COMMUNITY
Comunidad. La forma-en-común
«La verdadera comunidad no surge de la simple convivencia de individuos, sino de su vivir los unos para los otros, de su compartir el centro viviente» (Buber 1937: 67). En «Ich und Du» (Yo y Tú), Martin Buber concibe la comunidad como el vínculo ontológico fundado en la relación yo-tú. Esa fundación se sustenta sobre un centro, que para nosotros es un lugar geométrico, y en donde él advierte, como había hecho Le Corbusier (1923), la existencia de la vida.
Las nociones escalonadas «individuos», «compartir» y «centro viviente» remiten con facilidad a la arquitectura, cuya identificación con la idea de comunidad y los valores comunitarios resulta convincente y lógica. Desde las utopías urbanas del siglo XX hasta los enfoques participativos contemporáneos, la arquitectura se ha debatido entre la aspiración a construir la colectividad y la realidad de su disolución en la sociedad industrial y posindustrial. Entender la comunidad como un fenómeno arquitectónico implica reconocer que el entorno edificado es un soporte físico y una estructura para las relaciones, es decir, la «máquina» que las mueve o, al menos, uno de los motores que las impulsa o promueve. La arquitectura, en consecuencia, no definiría meros objetos sino facilitadores de convivencia.
La ciudad industrial fragmentó las formas de vida premodernas en beneficio de un individuo urbano cada vez más autónomo. En ese contexto de crisis del concepto tradicional de comunidad, Le Corbusier definió, en las sucesivas propuestas de la Ville Radieuse (1924- 1933) una colectividad favorecida por la eficiencia, la higiene y la transparencia. Era un planteamiento universalista en aspiración y abstracto en expresión, cualidades ambas de las que carecía la ciudad burguesa. Parecía que la Ville Radieuse aspirara a dar cobijo a, por fin, la comunidad de todos los seres humanos.
A partir de 1952, con la primera Unité d’Habitation en Marsella y las que siguieron, al funcionalismo positivista de la Ville Radieuse se suma una nueva visión de comunidad, entendida simultáneamente como organismo técnico y afirmación poética, como lugar sin conflicto. Las unités querrán negar la soflama de Hannah Arendt, «la sociedad moderna se define menos por la acción común que por la administración de los hombres como cosas» (1958: 45), una voluntad que también perseguirán las comunidades planificadas que se extenderán por Europa durante esas décadas de posguerra.
Martin Heidegger, en su célebre conferencia «Construir, habitar, pensar», afirmó que «habitar es el modo en que los mortales son en la tierra» (Heidegger 1951: 7). Desde esta perspectiva, la comunidad no surge de la planificación sino del reconocimiento compartido del lugar. Algunos arquitectos desarrollaron una concepción existencial de la comunidad, vinculada al habitar y a la pertenencia, como Alvar Aalto, cuya obra buscó reconciliar individuo y colectividad. En el Pabellón de Finlandia (1939) o en el Ayuntamiento de Säynätsalo (1952), la comunidad se expresa a través de la realidad más física: el material, la topografía y la construcción.
En esta línea fenomenológica, Gaston Bachelard sostuvo que el espacio habitado constituye una topografía del alma: «la casa es uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre» (Bachelard 1957: 26). La comunidad, desde esta óptica, no es únicamente social sino también imaginaria: el conjunto de vínculos que emergen de la memoria compartida del lugar. En un sentido semejante, Frank Lloyd Wright propuso con Broadacre City (1932) una comunidad descentralizada, orgánica, donde la autonomía individual coexistía con la pertenencia territorial. Su ideal de una «democracia arquitectónica» pretendía reconciliar lo local con lo universal mediante una relación ética con la tierra (Wright 1943).
Constantin Brancusi ofreció una visión paralela. Su Columna sin fin (1938), erigida en el parque Târgu Jiu, Rumanía, condensa la idea de comunidad como continuidad y ascensión espiritual. Las piezas modulares se elevan en una secuencia casi infinita que alude a la unión de los individuos en una totalidad que los trasciende. Como la arquitectura, aspira a articular unidad y diversidad mediante la repetición, la emoción y la proporción.
A partir de la década de 1960, el paradigma comunitario del movimiento moderno comenzó a ser objeto de revisión. Aldo Rossi, en «La arquitectura de la ciudad» (1966), recuperó la idea de la memoria colectiva como fundamento de la forma urbana. La comunidad, para Rossi, no podía reducirse a la función o el plan, era «una permanencia del espíritu en el tiempo» (Rossi 1966: 65). Su reivindicación de los tipos y monumentos urbanos reintrodujo la dimensión cultural y simbólica de la colectividad. Simultáneamente, Jane Jacobs en «The Death and Life of Great American Cities» (1961) denunció la destrucción de los tejidos comunitarios provocada por la planificación tecnocrática, defendió la diversidad y la interacción espontánea como soporte de la comunidad, «la confianza surge de las aceras llenas de vida» (Jacobs 1961: 72), y confirió al «diseño como mediación» nada menos que la categoría de monopolio en la definición del lugar comunitario.
En el terreno del pensamiento político, Jean-Luc Nancy propuso en «La comunidad inoperante» (1986) una redefinición filosófica del término. Para Nancy, comunidad «no es una obra que se realice, sino una exposición de singularidades» (Nancy 1986: 35). La comunidad será, por tanto, una coexistencia de diferencias. La experiencia colectiva como suma de individualidades estaba presente en la noción de «escultura social» de Joseph Beuys, quien entendía el arte como un proceso de transformación comunitaria: «cada hombre es un artista» (Beuys 1973: 6). Su acción «7000 robles» (Documenta 7, Kassel, 1982) articuló una comunidad de ciudadanos que plantaron árboles como gesto ecológico y político. El lugar urbano se convertía en territorio de participación.
A finales del siglo XX, Nicolas Bourriaud introdujo el concepto de «estética relacional» para describir aquellas prácticas artísticas que producen «modelos de sociabilidad» (Bourriaud 1998: 16). En el cambio de siglo, Francis Alÿs convocó a cientos de voluntarios para mover una duna apenas unos centímetros. La inutilidad del gesto subraya la cercanía entre los actores por encima del logro, una poética del «estar junto a otro» antes que del monumento («When Faith Moves Mountains», 2002).
Bruno Latour (2018) propone «volver a la Tierra» mediante una política de proximidades donde el territorio se entiende como red de interdependencias, y la noción de comunidad adquiere una dimensión ecológica. Prácticas como las de Rural Studio en Alabama o Anna Heringer en Bangladesh demuestran que la construcción participativa fortalece la identidad colectiva y constituye una estrategia de resiliencia material y social. La comunidad deja de ser una categoría nostálgica para convertirse en una herramienta crítica.
La arquitectura moderna heredó de la Ilustración el sueño de una comunidad universal, el siglo XX demostró que la construcción de ese ideal era posible, y proporcionó las herramientas. Lejos de desaparecer, la idea de comunidad se ha fortalecido en un campo de experimentación proyectiva ética, estética y política. La Transformación de la Tour Bois-lePrêtre de Lacaton & Vassal (París, 2011), amplió las viviendas sin desalojar a sus habitantes, en un proceso que redefinió la relación entre profesional y usuario (Frampton 2020: 312). Francis Kéré, en la escuela primaria de Gando (2001), incorporó el saber local y la colaboración colectiva como componentes esenciales del diseño. En los dos casos, la comunidad no fue un destinatario pasivo, sino un agente productor.
La esencia comunitaria de la arquitectura se ha ampliado a la memoria. Las palabras de Peter Zumthor, «los edificios que amamos son aquellos en los que sentimos que otros seres humanos estuvieron antes que nosotros» (Zumthor 2006, p. 23), podemos leerlas como eran, una claudicación nostálgica, pero también como la incitación a una acción donde la comunidad se imponga al tiempo y construya una forma-en-común multigeneracional, un lugar que catalice nuestro estar-juntos y lo proyecte hacia delante.
Juan Coll-Barreu
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