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UEC
INCAUTAR PARA RECONSTRUIR
De una manera constante, y sin llegar a un acuerdo definitivo, nos hemos preguntado si la buena arquitectura puede empujar a una cierta reconstrucción social, si puede aportar algo más que forma y pragmatismo funcional. En definitiva si sirve realmente para algo más que para su pura presencia.
Los poderosos siempre lo han tenido claro, la arquitectura ha sido históricamente la representación más poderosa de la estabilidad y la presencia del sistema.
No es un acto de estupidez la política “trumpista” sobre la arquitectura de los edificios federales en EEUU, su remisión a los órdenes clásicos quiere enraizar la imagen del estado con esa estabilidad, con la atemporalidad y la presencia reconocible de la autoridad dentro, y fuera, del país.
Esos nuevos revisionistas de la arquitectura que se deslizan en las redes sociales y en las páginas de las publicaciones más conservadoras sustentan ese maremoto de la vuelta a las derechas, apoyada por un capitalismo cada vez más voraz y extremo.
Si algún, o alguna, incauta o cobarde sigue opinando que la arquitectura no es un hecho político, parece que la realidad les demuestra lo contrario, siempre ha sido así e incluso en la arquitectura más ferozmente contemporánea esa condición primera de afirmación a través de lo arquitectónico se vislumbra con una claridad cristalina.
Fundamentalmente después de los asesinatos de los jueces antimafia Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, actores principales del maxiproceso de los años 80 contra los jefes mafiosos, en la Sicilia de los años noventa se endureció la lucha contra las organizaciones crimilanes y el encarcelamiento de muchos de sus miembros, ello llevó aparejada la incautación de distintos inmuebles pertenecientes a dichas organizaciones criminales.
Tan sólo en el área de Palermo casi 400 edificios han pasado a las manos de la República Italiana cuyos responsables en la materia han optado por una política de reconversión de dicho patrimonio en edificios públicos como colegios, liceos o instalaciones sanitarias.
Pero su imagen y su organización formal siguen estando vinculadas a sus antiguos dueños.
La pregunta que nos hacemos es si la arquitectura contemporánea puede recargar dichos edificios, con nuevos programas y nuevas imágenes que les desvinculen de sus antiguos poseedores, o lo que es lo mismo si la arquitectura puede cambiar el carácter de los lugares y ayudar a una cierta cohesión social.
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